L’Abaceria, el último mercado histórico de Barcelona a reformar, perderá el 70% de sus tenderos

Tristeza entre los que deberán cerrar porque la inversión requerida les coge a pocos años de jubilarse

Meritxell M. Pauné
Redactora de la sección Barcelona

Los paradistas de L’Abaceria Central, en la Travessera de Gràcia, estiman que tras la reforma del mercado mantendrán su actividad entre un 20% y un 30% de los actuales puestos. Ésta es la previsión más extendida, en base a los comentarios de sus compañeros y la experiencia de colegas en otros mercados de la ciudad. Las reformas siempre suponen una reducción de puestos, porque la inversión requerida hace desistir a una parte de los titulares de paradas. Pero L’Abaceria es el último gran mercado histórico de la ciudad que espera ser modernizado (junto con el de Sant Andreu, aunque es mucho más pequeño) y la mayor parte de los tenderos se acerca a la jubilación sin hijos que quieran continuar el negocio. Los que se reformaron primero sufrieron menos este truncamiento generacional.

Las negociaciones todavía están verdes. “No hay ningún acuerdo firmado, pero sí la firme voluntad de reformarlo desde las dos partes, el Institut de Mercats (IMMB) y los paradistas”, según una fuente del propio Institut. La intervención no forma parte del Plan de Acción Municipal actual (PAM 2007-2011), así que el primer paso –los estudios comerciales preliminares– no se dará hasta el próximo mandato y dependerá del orden de prioridades del equipo electo. Medios de comunicación gracienses han apuntado que las obras podrían empezar ya el próximo mandato y que la carpa provisional ocuparía la parte superior del Paseo de San Juan hasta 2020 como mínimo, pese a que tanto el Instituto como la Junta del mercado niegan que exista ningún calendario, ni siquiera aproximado. Sea como fuere, a la carpa ya sólo se trasladarán los paradistas que quieran seguir con su tienda. En caso de jubilarse durante la espera, podrían traspasarla.

“La duración de las obras y de su planificación depende de muchos factores que todavía desconocemos, como la financiación disponible o la aportación de los nuevos operadores”, apunta una fuente del órgano municipal. Además de estos factores técnicos, hay que tener en cuenta que si hubiera uno o más cambios de color en la alcaldía de los próximos mandatos el estreno podría posponerse mucho más.

Sin embargo, el indicio determinante que motiva una remodelación –“la decaída de la potencia comercial, la reducción de músculo”, según el IMMB– ya se da en L’Abaceria. Entre los tenderos también es unánime que al mercado le hace mucha falta esta reforma: “Estamos muy contentos de que se reforme L’Abaceria, porque tenemos muchas carencias”, explica la vicepresidenta de la Junta del mercado, Agnès Fàbregas, que regenta una charcutería de más de 100 años. “Está muy dejado, en invierno te pelas de frío y en verano hace mucho calor, las fachadas están mal y las cámaras frigoríficas de abajo están muy viejas”, enumera. El estudio previo dibujará las prioridades, fruto de la comparación entre la oferta actual del mercado y su entorno y la demanda que se da en su radio de influencia [10 minutos a pie]. Algunos de cambios, pero, se dan por hechos porque forman parte del ‘Model Mercat Barcelona‘. La recogida selectiva de residuos y la carga y descarga irán preferentemente en un subterráneo, igual que el aparcamiento. Entrarán servicios nuevos y se ampliarán los horarios de apertura, habrá más promoción en el barrio y se dotará de climatización y vigilancia.

L’Abaceria ya vivió un par de reformas puntuales en los ochenta y los noventa, pero su estructura arquitectónica es la original de 1892. La financió un industrial llamado Puig Martí, como evolución del mercado al aire libre de la plaza de la Revolució, cinco años antes que Gràcia fuera anexionada a Barcelona. En la actualidad ocho mercados de la ciudad están en obras o en proyecto de reforma y 19 de los 39 totales ya han superado su rejuvenecimiento integral.

Los años de espera, clave para el número de bajas

“La reforma hace tiempo que es necesaria, pero ahora es un momento muy delicado, en cuanto a ventas y financiación”, segura Roger Raich, bacaladero. La crisis ha forzado a muchos clientes a rebajar presupuesto y prescindir de los productos de mayor calidad, al mismo tiempo que el aumento de supermercados, colmados de proximidad y amplio horario y tiendas alrededor de la plaza han empujado el cambio de costumbres. Raich calcula que desde 2007 sus ventas de bacalao, olivas y conservas habrán bajado sobre un 30%. Los comerciantes que resistan el cambio deberán afrontar tres pagos importantes: una parte del coste de la reforma, el mobiliario y equipo de la nueva parada –en especial si utilizan mostradores refrigerados– y el nuevo canon de su concesión. “En otros mercados que se han reformado, el canon se ha duplicado o triplicado”, advierte el bacaladero.

Sin embargo, otros ven en la crisis una oportunidad para el cambio. “Cuando corren malos tiempos hay que arriesgarse, así que ojalá lo reformen muy bien, para que se note el salto hacia delante”, dice Lluís Oliveres, la tercera generación al cargo de una parada de ave y caza, que deberá cerrar. “Ojalá se hubiera hecho antes, así no tendría que dejarlo. Hace 10 años casi todos habríamos seguido”, asegura. Tiene 56 años y sostiene que desde que tenía “uso de razón” recuerda haber oído en casa que el mercado sería reformado en breve. “Me encanta trabajar aquí, hablar con la gente, aconsejarles, conocer a los clientes de toda la vida. Hay un ambiente especial, en un mercado”, suspira. No le da miedo la nueva etapa, porque asegura que ya tiene ideas para montar una tienda propia y diferente. Y que le gusta reinventarse lo demuestran bien los filetes congelados de cebra que expone al lado de las perdices de toda la vida.

Montse Galdeano se plantea seguir sólo si la reforma se hace pronto, en menos de diez años. Sino ya no le saldrá a cuenta, porque tiene 54 años y sus hijos no quieren seguir al frente de la frutería. “En general la reforma me parece bien, porque por dentro el mercado está hecho polvo y si siguiéramos así mucho más tiempo no sé si sería sostenible económicamente”, resume. Cada año hay menos clientela fija y en poco tiempo la oferta de paradas sería excesiva. No lo ve igual Luís Alibek, un iraquiano establecido en la capital catalana que regenta desde hace cinco años una tienda de productos árabes, como repostería y licores. “Para mi es malo, creo que perderé la parada”, se lamenta. “Si pasan 4 o 5 años ya seré demasiado mayor para hacer la inversión, tengo casi 60 años. Sino seguiría hasta los 70, para poder cotizar los años necesarios y jubilarme”, imagina.

¿Saldrá a cuenta para los que se quedan?

Agnès Fàbregas, la vicepresidenta de la Junta, es optimista y cree que la inversión les beneficiará: “De aquí a que estrenemos mercado ya habrá pasado esta crisis y como seremos muchas menos paradas, venderemos más y tendremos espacio para ofrecer más productos”. Lo que la asusta, en cambio, es el supermercado que probablemente ocupará parte del espacio vacío. La mayor parte de los mercados reformados han incorporado uno, como el de la Llibertat, al otro extremo de Gràcia. “Se podrían hacer otras cosas, porque en Gracia tenemos mucha variedad”, comenta. Según la fuente consultada del Institut de Mercats, en caso de acoger un supermercado lo habitual es pactar que no venda productos frescos.

Muy diferente lo ve Franquet, desde su pescadería, en la zona central del mercado. “Es una hipoteca muy gorda y las ventas no son lo que eran”, dice muy serio. Argumenta que la clientela no puede aumentar porque “Gracia no tiene cómo crecer, no hay edificios nuevos” y los compradores “serán del barrio, no vendrán de L’Hospitalet”. “Los primeros días vendrá más gente, por curiosidad, de zonas cercanas, pero luego volverán a su mercado”, pronostica. Por eso, y porque ya ha cumplido los 55, ha decidido que cerrará y montará una pescadería a pie de calle.

Otra comerciante que prevé mantener su puesto es Lola Villa-real, que vende ropa de mujer en una parada exterior, en la calle Torrijos. Todavía es muy joven para pensar en jubilarse y su tienda se ha consolidado tras años alrededor del mercado. Sin embargo, es de las más pesimistas: “Quedaremos menos de la mitad, en el exterior, y si no hay suficiente gente temo que saquen todas las paradas de fuera”. También sospecha que no se los tendrá en cuenta para decidir cómo serán sus paradas, porque son parte de la fachada y elemento clave en la imagen exterior del conjunto. “Como no se nos consultó en el último arreglo, nos pusieron unas viseras que en vez que resguardarnos de la lluvia hacen de canaleta hacia la parada”, ejemplifica. Su otra gran preocupación es la inversión, porque su tienda ocupa cuatro mostradores: “En otros mercados se han pagado unos 12.000 euros por cada mostrador [que mide menos de dos metros]”. “Tiene tela que me vea obligada a pagar 48.000 euros sólo por seguir trabajando”, concluye.

La Vanguardia.es
4-01-2010

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