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La maldición de la Barceloneta

Los precios del suelo envejecen y despersonalizan el barrio al tiempo que abren una fuente de riqueza en tiempos de necesidad | Los negocios de toda la vida se transforman en tiendas de alquiler de bicicletas o de tablas de surf

Luis Benvenuty Luis Benvenuty
Barcelona

Las tocinerías de toda la vida se transforman en negocios de alquiler de bicicletas, o de tablas de surf… y los propietarios de los quarts de casa de la Barceloneta aguardan a que sus ancianos inquilinos, también de toda la vida, se mueran de una vez para poner fin a sus viejos contratos de alquiler y transformar las típicas viviendas de veintiocho metros cuadrados del barrio marinero en rentables apartamentos turísticos. Aquí, el suelo, los metros cuadrados, no baja de precio, es más, a pesar de todo, repunta; en verdad es lo único que tiene valor…

La maldición de la BarcelonetaRevalorización. Los pisos de las callejuelas de Ciutat Vella ganan un alto interés urbanístico, ya sea para venderlos o para alquilarlos para turistas Marc Arias

Lo explica Lourdes López mientras vende cupones de la ONCE frente al mercado municipal, mientras despacha números de la suerte a una larga sucesión de mujeres de edad avanzada. “El barrio envejece porque sólo vienen guiris, unos días, unas semanas, algunos unos cuantos meses… La gente joven del barrio tuvo que irse porque cualquier otro barrio de la ciudad les salía más económico. Aquí todo es carísimo desde hace mucho tiempo. Se gana mucho más dinero alquilando por días a grupos de jóvenes que por años a familias”.

“Poco a poco el barrio está dejando de ser para sus vecinos -tercia un conocido hostelero de la Barceloneta, uno que llevaba una económica y popular casa de comidas para gente del barrio tan auténtica que desde hace años está todas las noches atestada de turistas y viajeros, los únicos dispuestos a esperar un buen rato por la mesa…-. Nosotros tenemos también un par de fincas en el barrio. Y cada vez nos llegan más cartas de empresas que quieren comprarnos los edificios enteros. Para el turismo. Ahí es dónde se está moviendo todo”.

Lourdes también es vicepresidente de la asociación de vecinos del barrio L’Ostia. “Calculamos que en el barrio hay unos sesenta y tantos apartamentos turísticos legales -explica la líder vecinal-. Y al menos unos mil quinientos de ellos son ilegales. Surgen por todas partes. Es que en estos tiempos de precariedad laboral y de suelos rebajados y subidas de la electricidad lo único que tiene valor en la Barceloneta son las viviendas”. Y su transformación en apartamentos turísticos no responde únicamente a un interés empresarial.

“La gente se encuentra con que sólo tiene su piso… Una señora se encontró con que su hijo, su suegra y sus nietos se venían a vivir con ella. Que de repente eran cinco en casa sin ningún sueldo. Y entonces este verano, los meses de junio, julio y agosto alquilaron su piso a turistas, a pequeños grupos que iban y venían, que se quedaban únicamente unos días… Y la familia se fue a vivir todo ese tiempo a un camping de Blanes. Y con el dinero que ganaron calculan que podrán sobrevivir hasta mayo. De modo que a falta de trabajo…”.

Sí, la Barceloneta no se puso de moda ayer. Sus leyendas atraen a gente de medio planeta desde hace lustros. Su embrujo va mucho más allá del Mediterráneo. Los pisos siempre fueron tan pequeños que la gente se hizo a vivir en las calles, a conocerse y saludarse con las coletillas “rey” o “cariño”. Lo que pasa es que antes los barceloneteros vivían mucho mejor. Podían permitirse ningunear a los exóticos visitantes. Ahora todo es distinto. Ahora las tocinerías se convierten en supermercados regentados por pakistaníes y las granjas en kebabs.

“Son los únicos que tienen dinero para abrir negocios -explican en Café Salvador, establecimiento abierto desde hace más de cincuenta años-. De vez en cuando entran y nos preguntan si queremos traspasar el negocio. Lo que pasa es que la gente de siempre se acaba jubilando y los pakistaníes son los únicos capaces de afrontar los nuevos alquileres. Y montan lo que tiene demanda: supermercados y kebabs. Los turistas que vienen son low cost. Por eso se meten un montón en los pisos y arman tanto jaleo. Vienen de juerga”.

Resulta bastante complicado saber cuántos apartamentos turísticos hay en Ciutat Vella. De manera legal operan unos 700, un número que según el plan de usos del distrito no puede crecer. Los vecinos, en cambio, dicen que se cuentan por miles.

la vanguardia.com
20-01-2014

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